Cuando me enteré que estaba embarazada, el más ocupado en cuidarme era mi esposo. Fue muy atento conmigo, me consintió demasiado y no se perdió ni una consulta con el ginecólogo. Era lógico, pues estaba emocionado. Todo esto sin llegar a tratarme como si estuviera enferma, eso sí lo debo aclarar.
Cuando llegó el momento de dar a luz, estuvo al pie del cañón conmigo durante la labor y posteriormente, en la expulsión. Ambos teníamos serias dudas de que lo pudiera resistir, sin embargo aguantó estoicamente el parto, sin vomitar ni desmayarse.
Embarazo y parto son pruebas para la pareja, pero el verdadero examen profesional es cuando llega el bebé. Entre la sopa hormonal que traemos las mujeres, el cansancio, la ansiedad y los nervios de todo tan nuevo, los primeros meses del bebé pueden ser un infierno… para el papá.
Debo de confesar que, contadas con los tres primeros dedos de la mano izquierda, habíamos tenido peleas “serias” mi esposo y yo. Pocas veces habíamos discutido. Sin embargo los primeros meses de Dana fueron de peleas constantes, pues yo me sentía muy frustrada. Primero porque mi independencia se me fue rápidamente por la coladera; antes hacía y deshacía sin tener que rendir muchas cuentas, pero ahora había una personita que me ataba pues me requería las 24 hrs. del día. Segundo porque esperaba que mi marido diera el 120%. Tenía unas expectativas muy altas y esperaba que reaccionara igual que una mamá lo haría.
Déjenme les digo que eso es IMPOSIBLE, pues no está en la genética de los hombres. Habrá padres más dedicados que otros, pero nunca hay que esperar que su desempeño sea igual que el de una madre. Las mamás estamos pensando en detalles ínfimos e infinitos, cuando los hombres pueden pensar solamente en lo que están haciendo al momento. Las mamás podemos tener presentes horarios de siesta, comida, evacuaciones y los papás necesitan que se los recordemos o nos solicitan apoyo para cada cuestión.
Con esto no quiero decir que se den por vencidas y no les exijan ayuda, simplemente no tengan muy altas expectativas sobre lo que sus maridos harán para ayudarlas. Yo pensaba que sería totalmente equitativo y no es cierto y mis expectativas nos ocasionaron muchísimos disgustos. Por un lado me sentía inconforme con el repentino cambio de rutina. Por el otro, el agotamiento me hacía muy agresiva y ¿con quién se va a desquitar una? Por supuesto que con el marido.
Fue hasta hace como dos meses que entendí que mi condición de mamá era para siempre y que debía asumirla y responsabilizarme de mi nueva situación. Entendí que la culpa no era de mi marido y que debía tratar de comunicarme con él mucho mejor. Porque ésa es otra que hacemos muy seguido: creemos que los hombres tienen la intuición tan desarrollada como nosotras y casi, casi queremos que nos lean la mente. Si yo quiero que mi marido sepa que algo me molesta, aparte de poner mi cara de enojo, debo de decirle qué tengo, porque si me pregunta y le digo “No me pasa nada” de entrada le estoy mintiendo, además de que les ha de causar un pánico tremendo tener que empezar a adivinar qué tenemos, tratando de no regarla para que no terminemos más disgustadas.
En la cuestión del hogar, hay que repartirse las tareas y no esperen maravillas (a menos que sus esposos sean de esos garbanzos de a libra, muy cuidadosos con el orden y el aseo). En cuestión de hijos, confíenles de vez en cuando el cuidado del bebé. De esta manera se sentirán involucrados y ustedes podrán tener un momento de paz. No los descalifiquen y no se angustien de que el bebé esté con su padre: déjenlos hacer y relacionarse sin la intervención de la mamá.
Una vez al mes encarguen al bebé (en la medida de lo posible) con los abuelos, tíos o amigos, olvídense de todo y vayan juntos al cine, teatro, a cenar o simplemente quédense en casa a ver películas, pero disfrutando como pareja. Recuerden que los hijos son absorbentes, pero eventualmente se irán. La pareja idealmente es para siempre.